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Las Bitácoras de lengua castellana tienen carácter educativo. Significan una ventana abierta de las actividades que se realizan en la asignatura, un modo de aprendizaje de la lengua y la inmersión en las nuevas tecnologías de la información. Por todo esto hemos de procurar UTILIZARLAS DE FORMA CORRECTA Y RESPETUOSA.

Se han de perdonar las faltas ortográficas y otras de expresión. Estamos aprendiendo y, por tanto, podemos equivocarnos. Los profesores van corrigiendo, pero a veces hay tantas publicaciones que no pueden seguir el ritmo de los alumnos.

jueves, 17 de mayo de 2012

El bosque donde los arboles susurran.


-Cuentan que hace mucho, mucho tiempo entre montañas y bosques, había un poblado.  Donde no existía ni la felicidad ni una mínima sonrisa, la gente tenía miedo de salir a la calle, el sol pocas veces alumbraba el lugar. Las casas, viejas, como la mayoría de los habitantes de ese poblado. Pocos niños quedaban, a causa de todas las enfermedades de la época. Algún que otro habitante había hecho el intento de salir de ese poblado, de ese infierno para ellos, pero una vez entrado en aquel enorme bosque que lo rodeaba, no volvió a aparecer.

Un día como otro, Lucía, una niña de apenas seis años, despertó para darle la medicina a su madre. Su madre estaba muy enferma y no quedaban muchas esperanzas de vida. Y su padre había muerto hace un par de años. Vivian con su padrastro, que trabajaba casi todo el día para conseguir algo de dinero para esa familia. Lucía le odiaba a más no poder,  le maltrataba,  le pegaba. Y lo peor de todo era que a su madre le parecía el hombre perfecto.
Camino a paso lento hasta la pequeña cocina situada a lado izquierdo de la casa. Abrió el pequeño armario donde guardaban la medicina de su madre y la cogió. Después de darle la medicina a su madre, salió de su casa a comprar al pequeño mercado ambulante del pueblo.
-Buenos días pequeña Lucía ¿Qué tal se encuentra vuestra madre?- pregunto la señora del puesto de fruta. Una señora de unos setenta años, pero que se conservaba bastante bien para su edad.
-Buenos días, señora. Pues ella dice que se encuentra mejor, pero yo sé que no es verdad, que cada vez va empeorando. El otro día escuche a hablar a mi padrastro con el médico, y este comento que no le quedaba mucho tiempo. Pero yo hago ver que no he escuchado nada de eso.
-Oh, lo siento hija. Dile a tu madre que en cuanto tenga un poco de tiempo libre iré a haceros una pequeña visita-cogió una bolsa de cartón y metió un bastante variedad de fruta- Toma.
-Pero no tengo tanto dinero para pagar eso–dijo Lucía con pena.
-Oh, ¿dinero? De eso nada, tómalo como un regalo para tu familia, bonita- Lucía cogió la bolsa con cuidado.
-Gracias, señora- dijo sacando su más grande sonrisa.
-Oh, pequeña, te tengo dicho que no me llames señora, llámame Teresa.
-Vale, señora Teresa- la señora negó con la cabeza y le sonrío- Me voy, mi madre debe estar preocupada, hasta luego y gracias.
-Adiós pequeña, vuelve cuando quieras- Y así, Lucía volvió a su casa.
Iba distraída, como cualquier niña de seis años, mientras comía una de las manzanas que la señora Teresa le había regalado. Su casa estaba a las afueras del pequeño pueblo, muy cercana al bosque que lo rodeaba. A Lucía siempre le habían tenido prohibido acercarse a este, y hasta el momento no lo había hecho. Pero la curiosidad le mataba. Si los niños pequeños son curiosos, esta niña lo era muchísimo más. Así que decidió acercarse a la entrada del bosque, sin miedo a nada, sin saber lo que le encontraba entre esos árboles. Uno amigo y vecino de la familia, dispuesto a toda aventura, le había comentado a la pequeña que en aquel bosque había todo tipo de frutos deliciosos, que seguro que le encantarían, pero que también había algunos que conseguían que nada mas comerlos murieras en el acto. Él había estado un par de veces, pero no había entrado hasta lo más oscuro del bosque, sabían que era peligroso. Mientras la pequeña recordaba las palabras de Robert, el amigo de la familia, escucho un ruido procedente del bosque y se acerco a averiguar que era. Cuando estaba lo más cerca a los matorrales de donde procedían los extraños ruidos, un animal salió y empezó a correr bosque adentro. Lucía le siguió. Corrieron y corrieron. A veces la pequeña miraba hacia atrás, pero solo veía bosque y más bosque. No sabía describir a ese animal, una mezcla entre perro y conejo. Extraño, muy extraño. Siguieron corriendo bosque adentro. De repente el animal desapareció y Lucía quedó rodeada de árboles, plantas y arbustos. Sola. En esos momentos sí que tenía miedo y entendía de las advertencias de su madre y toda la gente del pueblo. Estaba perdida, no sabía cómo volver al pueblo. Se sentó, no tenía cosa más útil que hacer. Le dolían los pies de tanto correr. Observo a su alrededor y volvió a ver al extraño animal, pero esta vez este, venía hacía ella. Había cambiado de aspecto, ahora parecía un ciclope. A medida que daba pasos hacía ella, aumentaba el tamaño. Se le quedo cerca, muy cerca de su pequeña cara.
-Hola, Lucía-dijo el ciclope.
-¿Cómo sabes mi nombre? ¿Quién te lo ha dicho?- empezó a preguntar la pequeña.
-Yo lo sé todo. En este bosque los árboles susurran todo- dijo acariciando su suave mejilla.
-¿Susurran? ¿Y saben cosas de mi madre?
-¿Tu madre? Oh, a tu madre no le queda mucho tiempo. ¿Te has despedido de ella, no?
-Esta mañana, al salir de casa. Pero ahora volveré a verla, ¿no?
-Creo que no pequeña, una vez entras en este bosque, no puedes salir. Y Robert, no tiene ni idea. Él nunca ha estado en este bosque, es todo mentira.
-No, no es mentira. Él sí ha estado. Me lo ha contado muchas veces, y es verdad- dijo Lucía defendiendo a Robert.
-Pequeña Lucía, no tienes ni idea. ¿Ves eso árboles de ahí? ¿Los que están llenos de frutos? – la pequeña asintió- Pues puedes coger todas las frutas que quieras.
-¿En serio?- Fue hacía el árbol y cogió un puñado- Robert dice que hay algunas que te pueden matar.
-En eso tiene razón, elige la que quieras, pero puede que te equivoques.
-¿Y cómo…? –el ciclope había desparecido. Sola otra vez, sola ante el peligro del bosque. Hizo “pitopitogorgorito” lo único que se le ocurrió para elegir bien su fruta. Le toco una fruta de color morada, nunca había visto una parecida. Pegó el primer mordisco e imágenes de su madre muriendo aparecieron por su cabeza. La vista se le puso nublosa. Las piernas le tambalearon y calló al frío suelo. Se le cerraron los ojos. Entonces, cuando dejo de escuchar las ramas de los árboles moverse y no escucho ni un solo ruido, cuando pensó que estaba muerta, escucho la dulce voz de su madre.
-Lucía, cariño, te avisé, te dije que no te acercaras a este oscuro bosque. Pero no me hiciste caso- dijo su madre apenada.
-Mamá, lo siento, sólo quería saber de dónde venía un extraño animal. Y empezó a correr y desapareció. Lo siento- dijo con lágrimas en los ojos.
-No es tiempo de arrepentirse, Lucía. Te avisamos, ahora debo irme.
-No, mamá, no te vayas…- su madre ya había desaparecido. Fue demasiado tarde. Lucía dejo de respirar, de moverse, de todo. Y cerró lentamente los ojos.
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