-Cuentan que hace mucho,
mucho tiempo entre montañas y bosques, había un poblado. Donde no existía ni la felicidad ni una mínima
sonrisa, la gente tenía miedo de salir a la calle, el sol pocas veces alumbraba
el lugar. Las casas, viejas, como la mayoría de los habitantes de ese poblado.
Pocos niños quedaban, a causa de todas las enfermedades de la época. Algún que
otro habitante había hecho el intento de salir de ese poblado, de ese infierno
para ellos, pero una vez entrado en aquel enorme bosque que lo rodeaba, no
volvió a aparecer.
Un día como otro, Lucía, una
niña de apenas seis años, despertó para darle la medicina a su madre. Su madre
estaba muy enferma y no quedaban muchas esperanzas de vida. Y su padre había
muerto hace un par de años. Vivian con su padrastro, que trabajaba casi todo el
día para conseguir algo de dinero para esa familia. Lucía le odiaba a más no
poder, le maltrataba, le pegaba. Y lo peor de todo era que a su
madre le parecía el hombre perfecto.
Camino a paso lento hasta la
pequeña cocina situada a lado izquierdo de la casa. Abrió el pequeño armario
donde guardaban la medicina de su madre y la cogió. Después de darle la
medicina a su madre, salió de su casa a comprar al pequeño mercado ambulante
del pueblo.
-Buenos días pequeña Lucía ¿Qué
tal se encuentra vuestra madre?- pregunto la señora del puesto de fruta. Una
señora de unos setenta años, pero que se conservaba bastante bien para su edad.
-Buenos días, señora. Pues
ella dice que se encuentra mejor, pero yo sé que no es verdad, que cada vez va
empeorando. El otro día escuche a hablar a mi padrastro con el médico, y este
comento que no le quedaba mucho tiempo. Pero yo hago ver que no he escuchado
nada de eso.
-Oh, lo siento hija. Dile a
tu madre que en cuanto tenga un poco de tiempo libre iré a haceros una pequeña
visita-cogió una bolsa de cartón y metió un bastante variedad de fruta- Toma.
-Pero no tengo tanto dinero para
pagar eso–dijo Lucía con pena.
-Oh, ¿dinero? De eso nada,
tómalo como un regalo para tu familia, bonita- Lucía cogió la bolsa con
cuidado.
-Gracias, señora- dijo
sacando su más grande sonrisa.
-Oh, pequeña, te tengo dicho
que no me llames señora, llámame Teresa.
-Vale, señora Teresa- la
señora negó con la cabeza y le sonrío- Me voy, mi madre debe estar preocupada,
hasta luego y gracias.
-Adiós pequeña, vuelve cuando
quieras- Y así, Lucía volvió a su casa.
Iba distraída, como cualquier
niña de seis años, mientras comía una de las manzanas que la señora Teresa le
había regalado. Su casa estaba a las afueras del pequeño pueblo, muy cercana al
bosque que lo rodeaba. A Lucía siempre le habían tenido prohibido acercarse a
este, y hasta el momento no lo había hecho. Pero la curiosidad le mataba. Si
los niños pequeños son curiosos, esta niña lo era muchísimo más. Así que decidió
acercarse a la entrada del bosque, sin miedo a nada, sin saber lo que le
encontraba entre esos árboles. Uno amigo y vecino de la familia, dispuesto a
toda aventura, le había comentado a la pequeña que en aquel bosque había todo
tipo de frutos deliciosos, que seguro que le encantarían, pero que también
había algunos que conseguían que nada mas comerlos murieras en el acto. Él
había estado un par de veces, pero no había entrado hasta lo más oscuro del
bosque, sabían que era peligroso. Mientras la pequeña recordaba las palabras de
Robert, el amigo de la familia, escucho un ruido procedente del bosque y se
acerco a averiguar que era. Cuando estaba lo más cerca a los matorrales de
donde procedían los extraños ruidos, un animal salió y empezó a correr bosque
adentro. Lucía le siguió. Corrieron y corrieron. A veces la pequeña miraba
hacia atrás, pero solo veía bosque y más bosque. No sabía describir a ese
animal, una mezcla entre perro y conejo. Extraño, muy extraño. Siguieron
corriendo bosque adentro. De repente el animal desapareció y Lucía quedó
rodeada de árboles, plantas y arbustos. Sola. En esos momentos sí que tenía
miedo y entendía de las advertencias de su madre y toda la gente del pueblo.
Estaba perdida, no sabía cómo volver al pueblo. Se sentó, no tenía cosa más
útil que hacer. Le dolían los pies de tanto correr. Observo a su alrededor y
volvió a ver al extraño animal, pero esta vez este, venía hacía ella. Había
cambiado de aspecto, ahora parecía un ciclope. A medida que daba pasos hacía
ella, aumentaba el tamaño. Se le quedo cerca, muy cerca de su pequeña cara.
-Hola, Lucía-dijo el ciclope.
-¿Cómo sabes mi nombre?
¿Quién te lo ha dicho?- empezó a preguntar la pequeña.
-Yo lo sé todo. En este
bosque los árboles susurran todo- dijo acariciando su suave mejilla.
-¿Susurran? ¿Y saben cosas de
mi madre?
-¿Tu madre? Oh, a tu madre no
le queda mucho tiempo. ¿Te has despedido de ella, no?
-Esta mañana, al salir de
casa. Pero ahora volveré a verla, ¿no?
-Creo que no pequeña, una vez
entras en este bosque, no puedes salir. Y Robert, no tiene ni idea. Él nunca ha
estado en este bosque, es todo mentira.
-No, no es mentira. Él sí ha
estado. Me lo ha contado muchas veces, y es verdad- dijo Lucía defendiendo a
Robert.
-Pequeña Lucía, no tienes ni
idea. ¿Ves eso árboles de ahí? ¿Los que están llenos de frutos? – la pequeña
asintió- Pues puedes coger todas las frutas que quieras.
-¿En serio?- Fue hacía el
árbol y cogió un puñado- Robert dice que hay algunas que te pueden matar.
-En eso tiene razón, elige la
que quieras, pero puede que te equivoques.
-¿Y cómo…? –el ciclope había
desparecido. Sola otra vez, sola ante el peligro del bosque. Hizo
“pitopitogorgorito” lo único que se le ocurrió para elegir bien su fruta. Le
toco una fruta de color morada, nunca había visto una parecida. Pegó el primer
mordisco e imágenes de su madre muriendo aparecieron por su cabeza. La vista se
le puso nublosa. Las piernas le tambalearon y calló al frío suelo. Se le
cerraron los ojos. Entonces, cuando dejo de escuchar las ramas de los árboles
moverse y no escucho ni un solo ruido, cuando pensó que estaba muerta, escucho
la dulce voz de su madre.
-Lucía, cariño, te avisé, te
dije que no te acercaras a este oscuro bosque. Pero no me hiciste caso- dijo su
madre apenada.
-Mamá, lo siento, sólo quería
saber de dónde venía un extraño animal. Y empezó a correr y desapareció. Lo
siento- dijo con lágrimas en los ojos.
-No es tiempo de
arrepentirse, Lucía. Te avisamos, ahora debo irme.
-No, mamá, no te vayas…- su
madre ya había desaparecido. Fue demasiado tarde. Lucía dejo de respirar, de
moverse, de todo. Y cerró lentamente los ojos.

1 comentario:
uy
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