El zarzal es una novela en donde, en apariencia, no pasa nada destacable. Todo es rutina y trabajo, agobio y tristeza. Los vecinos del pueblo de Almalasa viven una existencia miserable, entre las presiones de la autoridad y la ausencia de medios para ganarse la vida.
No hay futuro en Almalasa y las gentes más que vivir, sobreviven, excepto del grupo de los afortunados: el alcalde, el médico, el cura o el cacique y, por supuesto, la benemérita. Los demás se van haciendo mutuamente la zancadilla, a ver quién cae antes.
En El zarzal un grupo de personas tratan de salir adelante, aunque sin demasiadas ilusiones ni perspectivas de futuro. Todo es triste, duro y desalentador. El pintoresquismo de algunas escenas rurales que se pueden ver en otros libros, como el mata gorrino, aquí adquiere una crudeza demoledora.
Estas gentes habitan en plena posguerra española y sirven para retratar una época, ya lejana, pero que se conserva intacta en el corazón de las personas que nacieron en las décadas de los 30, 40 e, incluso, 50.
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